viernes, 5 de julio de 2013

Lazos

Lazos

“Tranquilo. Ya casi termina esto”. Eran las palabras que solía decirle a mi hermano cuando escuchábamos pelear a mis papás. Año tras año los escuchaba discutir sobre diversas cosas. Para mí ya era parte de la rutina; de antemano sabía que en un matrimonio, los problemas nunca faltan.
Tenía 12 años cuando las peleas entre mis papás eran más constantes. A la escuela yo llegaba desconcertada y con miedo de que algo malo sucediera. Mis amigas y mi profesora me consolaban y me daban palabras de aliento: “No te preocupes Vicky. Tus papás se reconciliarán pronto”. Esos palabras por momentos me tranquilizaban, pero al llegar a casa, sucedía lo contrario. Ya sabía que la separación entre mis papás estaba cerca.
Por cuestiones de trabajo, mi papá salía de viaje y se iba por algunos días. Me fui dando cuenta de que la cantidad de ropa de mi papá en el armario iba disminuyendo. También recuerdo escuchar a mi mamá llorando mientras mi papá estaba de viaje. Tenía ganas de levantarme e ir a consolarla, pero no tenía el valor de ir con ella, prefería acompañarla en su dolor desde mi recámara.
Tenía ya 13 años cuando sucedió lo inevitable. Un día mi papá dijo que volvería a salir de viaje, tomó una maleta y empacó sus cosas, dejando el armario casi vacío. Siendo esta  la última vez que lo veríamos en casa. Una semana después recibimos una llamada. Era papá, quería hablar con mi mamá. Cuando terminaron de hablar, mamá nos dijo: “Su papá ya no regresará”.  Fue un golpe duro para nosotros. Los siguientes días fueron raros, ya no esperaríamos a papá con ansias para acompañarlo a cenar, ni esperaríamos el sábado o domingo para estar con él en su descanso.
Transcurrieron los días y tratábamos de adaptarnos sin él. Mi hermano y yo dormíamos con mamá, para hacerle compañía, pero era incómodo y decidimos regresar a nuestras respectivas habitaciones. Había carencias y aprendimos a administrar el dinero. En casa ya no vivirían cuatro personas, sino tres. Mamá tuvo que hacerse cargo y comenzó a trabajar. Con el tiempo aprendí a vivir con la ausencia de mi papá. Empecé a valorar a cada miembro de mi familia y afrontar con valor las cosas que vienen, ya que son obstáculos que debemos superar.