Toby
Han transcurrido dos años y medio desde que Toby,
mi pequeño perro, llegó a mi vida. A pesar del paso del tiempo se me hace
increíble que mamá nos haya dado permiso de tenerlo. Mi mamá nos decía que no podíamos tenerlo, debido al reducido espacio de la casa y porque necesitaría muchos
cuidados: bañarlo, alimentarlo, cortar su pelo, sacarlo a pasear, etcétera. Yo estaba
dispuesta a cumplir con esos deberes.
Una noche que llegué de la
escuela, toqué el timbre de mi casa. “¡Vicky, no entres!”, dijo mi hermano al abrir la puerta. Yo
intrigada entre rápido a la casa y me topé con un pequeño perrito ladrando con desesperación. No podía creer que hubiera un perro en la casa ni que mi
mamá hubiera accedido a tenerlo.
--¿Ya tiene nombre? –pregunté.
--Si. Se llama Toby –contestó mi mamá.
Se me hacía ridículo el nombre, pero ya se había
acostumbrado a responder con ese nombre. Me agaché para cargarlo y acariciarlo,
pero me mordió, así que decidí bajarlo para que se siguiera adaptando. No lo
perdía de vista. Me gustaba ver como olía y lamía todo lo que encontraba a su
paso.
Fueron pasando los meses y veía objetos que ya
habían sido víctimas de Toby: calcetines, cuadernos, cables, zapatos, cojines,
almohadas, etcétera. Mi mamá se molestó y nos amenazó con regalarlo. Yo me esforzaba
por educarlo, pero era imposible: seguía siendo muy desastroso. Con el tiempo
Toby se educó poco a poco.
Una tarde lo saqué a pasear. Caminábamos tranquilamente por la calle, cuando por un descuido solté su correa. Toby
corrió desesperadamente hasta que lo perdí de vista. Busqué por todas partes, pero no lo encontraba. Decidí regresar a
casa para pedirle a mi hermano que me ayudara a buscarlo. Me fijaba debajo de
los autos, hasta que lo vi y se iluminaron mis ojos. Al verme se arrastró hasta salir y brincaba de
alegría. Ambos muy contentos regresamos a casa.
El tiempo que Toby ha estado en casa me ha sido
muy grato y no imagino cómo sería mi vida cotidiana sin él.
Desde que llegó, le dio un toque de felicidad a mi casa y espero lo siga dando.